Thursday, January 27, 2011

Untitled


¡Asesino!
No es mi labor juzgar.
El miedo consumido, la presencia del mal.
En medio de todo, la luz.
Una mano aferrándose a Ti.
Disparos.
Dos corazones quietos.
El triunfo de aquel que cree ser poderoso,
quien sólo es fuerte portando un arma.
Ha quedado con hambre de temor, estoy segura.
No hubo suficiente para alimentarlo.
La ruptura de dos vidas,
el rompimiento de muchas otras, incontables.
Se desvanecía en la noche el disparador certero,
se despedía de sus víctimas,
y no miraba atrás.

¡Asesino!
No es mi labor juzgar.
Algo tengo que decir.
Se disparó un arma, pero quedaron gratos recuerdos.
Asesinaron a mi amigo, pero no acallaron su voz,
sus enseñanzas, su presencia.
El dolor se abre paso a través de mi memoria,
evoca instantes de alegría,
cenizas de tristeza.
El consuelo, los consejos, los abrazos, los momentos.
No se haya paz aún.
No la encuentro.
Estoy deshecha.
No obstante, bajo el divino riesgo,
he de ayudar a las víctimas de la bala disparada,
y he de orar por esas almas.

¡Asesino!
No es mi labor juzgar.
Muchos conocimos a Richard,
Muchos aprendimos de él,
lo amamos, y sentimos que algo adentro se quebró.
El perdón fue su marca, es su voluntad.
Ya no hablaré con usted, ni le guardaré rencor.


Padre Richard: Tú me enseñaste a ver a Dios como una presencia fortificadora en todo sentido. Cada palabra tuya quedó sembrada en buena tierra, ha dado frutos sanos. Te has convertido en un ángel más. Fue un privilegio conocerte, tenerte cerca de nosotros, y es un privilegio que sigas siendo parte de nuestras vidas. Tu partida me duele mucho, me ha dejado un vacío muy grande en el corazón. Sabes cuánto te quería. Le pido a Dios que te reciba con todas las bendiciones del mundo, las mereces. Y te mando un abrazo inmenso, mi para siempre, Padre Richard.

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